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martes, 30 de mayo de 2017
viernes, 26 de mayo de 2017
LEVANTAMIENTO DE LOS BÓXERS
LEVANTAMIENTO DE LOS BÓXERS
Guerras y tratados desiguales
En 1840 estalló la Primera Guerra del Opio entre
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y China. Ésta y la Segunda Guerra del Opio fueron
libradas debido a las disputas sobre el comercio del opio en China,
en tanto la corte imperial de Pekín trataba de prohibir dicho tráfico. Los
comerciantes británicos no pensaban renunciar al negocio de esta droga, que era
cultivada en grandes extensiones en la India y exportada más tarde a todo el sureste asiático contando con la complicidad
de funcionarios chinos corruptos. Tras la fácil derrota del mal equipado
ejército chino, Gran Bretaña obligó al gobierno imperial a cederle la isla de Hong Kong a perpetuidad (a la que más tarde se agregaron la península e islas
adyacentes), permitir las importaciones de opio y abrir una serie de puertos al
comercio extranjero; todas estas condiciones eran manifiestamente agraviadoras
para China y para la política de restricciones a los extranjeros que había
seguido la Dinastía Qing.
En esa misma época, los franceses, rusos y japoneses comenzaron a aumentar su influencia
sobre China. Debido a su inferioridad económica y militar, la dinastía
Qing fue obligada a firmar numerosos acuerdos que
serían conocidos como los «Tratados Desiguales». Dentro de éstos se incluyen el
Tratado de Nankín (1842), el Tratado de
Aigun (1858), el Tratado de Tianjin (1858), la Convención de Pekín (1860), el Tratado de Shimonoseki (1895) y la segunda Convención de Pekín (1898).
En el año 1895 China fue severamente derrotada
en una guerra contra Japón. El
enfrentamiento, particularmente violento, se saldó con la pérdida de las islas
Pescadores y Formosa, además del pago de fuertes indemnizaciones y concesiones comerciales a
los vencedores. Todo esto se tradujo en una importante crisis económica en todo
el país, así como en una humillación nacional ante una nación vecina que se
había occidentalizado velozmente.
Los bóxers empezaron a incrementar su actividad
en Shandong en marzo de 1898. El detonante de la rebelión ocurrió en una
pequeña aldea de la provincia, donde unos misioneros demandaban la entrega de
un templo local que según ellos era una antigua iglesia católica confiscada por el emperador Kangxi (1661-1722), en fuerte
oposición a los lugareños. Las autoridades locales mediaron en el conflicto,
fallando a favor de los misioneros y entregándoles el control del edificio.
Como respuesta, los campesinos se sublevaron y atacaron la reconstituida
iglesia bajo el mando de los bóxers.
La extensión de la rebelión coincidió con la
llamada Reforma de los Cien Días (del 11 de
junio al 21 de
septiembre de 1898), impulsada por el emperador Guangxu con el fin de modernizar la administración, cosa a la que se oponía
fuertemente su tía, la emperatriz Cixi que temía
perder su poder omnímodo en la corte debido a estas innovaciones. Tras una primera
derrota de los bóxers a manos del ejército chino en el mes de octubre, los rebeldes proclamaron su obediencia fiel a la autoridad imperial o,
con mayor exactitud, su lealtad a la emperatriz Cixi, quien decidió usarlos
como instrumento para destruir toda influencia extranjera en China y asegurar
su propio poder político frente a los funcionarios con ideas reformadoras. Así,
el gobierno chino, fuertemente controlado por la emperatriz, dictó varias leyes
en favor de los bóxers a partir de enero de 1900, mientras
que éstos concentraron sus ataques contra los misioneros y conversos al cristianismo. Las crecientes protestas de los gobiernos occidentales fueron
desoídas.
En junio de ese año,
los bóxers (a los que se habían sumado soldados imperiales) atacaron
destacamentos de occidentales en Tianjin y Pekín. Las embajadas extranjeras en la capital, a
las que habían huido sus ciudadanos residentes en Pekín, se convirtieron pronto
en objetivo de los bóxers, aunque la mayoría de las delegaciones, agrupadas en
su propio barrio (Barrio de las Delegaciones de Pekín), se encontraban bien protegidas por sus propias murallas y la cercanía
a la Ciudad Prohibida, donde, paradójicamente,
habían sido construidas por orden del emperador con el fin de tenerlas bajo
vigilancia permanente. Las delegaciones de Reino Unido, Francia, los Países
Bajos, Estados
Unidos, Italia, Imperio
ruso y el Japón de hecho compartían el mismo
complejo defensivo, y a sólo unas calles de distancia se encontraban las de Bélgica y España, desde donde llegaron sus
representantes para ponerse a salvo.
No pudo hacer lo mismo la delegación del Imperio
alemán, de constitución más reciente y por
ello situada en el otro extremo de la ciudad. El día
20 fue asaltada finalmente por los
bóxers, quienes capturaron y ejecutaron al embajador alemán, barón Klemens von Ketteler. A resultas de ello, las potencias extranjeras
declararon la guerra a China, siendo que la emperatriz Cixi respondió
proclamando las hostilidades contra ellas. Hasta la llegada de las fuerzas
militares enviadas en su ayuda, el propio personal diplomático debió defenderse
del asedio de los bóxers solamente con armas ligeras y un viejo cañón al que se apodó como el «Cañón Internacional»[1] debido a que su caña era británica, la cureña italiana,
los proyectiles rusos y los artilleros a cargo de su manejo estadounidenses.
Dirigieron la defensa el ministro británico para China, Claude
Maxwell MacDonald, y el
coronel japonés Shiba Gorō.
El enfrentamiento fue ampliamente seguido por la prensa
internacional, que describió toda clase de ataques violentos y atrocidades
varias cometidos contra los extranjeros residentes en China, muchas de ellas
enormemente exageradas. Esto provocó un amplio sentimiento antichino en América del Norte, Europa y el
Japón. No obstante, los principales afectados fueron los cristianos chinos (de
los que la prensa europea mayormente no se ocupó), que siendo mucho más
numerosos y sin poder huir a ninguna parte fueron objeto de violaciones, torturas y asesinatos.
A pesar de sus esfuerzos, los bóxers no lograron superar
las defensas del recinto. En agosto, el asedio de las embajadas era levantado por las tropas
enviadas por la llamada Alianza de las ocho naciones suscrita por los gobiernos de: Alemania, Austria-Hungría, Estados
Unidos, Francia, Reino de Italia, Japón, Reino
Unido y el Imperio
ruso.
El ejército de rescate de los aliados se componía de unos
54 000 hombres a las órdenes del general británico Alfred Gaselee, de los cuales unos 5000 eran chinos contrarios a los
bóxers, 20 840 japoneses, 13.150 rusos, 12 020 británicos, 3520
franceses, 3420 estadounidenses, 900 alemanes, 80 italianos y 75
austro-húngaros. En julio desembarcaron cerca de Tianjin y pusieron sitio a la
ciudad, que cayó el día 14.
También capturaron los fuertes
de Taku, situados en el estuario del río Hai
He, y cuatro destructores chinos, labor en la que se destacó el barón Roger Keyes.
Tras asegurar la zona, el ejército de Gaselee partió
hacia Pekín (a 120 km de distancia) el 4
de agosto. La marcha fue sorprendentemente fácil
a pesar de que en el recorrido se encontraban estacionados unos 70 000
soldados imperiales y un número aproximado de rebeldes armados, que prefirieron
evitar los enfrentamientos directos. Sólo se produjo un combate de cierta
importancia en Yangcun, a unos 30 km de Tianjin.
No obstante, el avance de las tropas extranjeras tuvo que
ralentizarse debido al mal tiempo, extremadamente húmedo y con temperaturas de
hasta 43 °C. El ejército entró finalmente en Pekín el 14
de agosto, donde levantó el asedio a las
embajadas y posteriormente procedió a desplegarse por la ciudad con el fin de
ocuparla, registrándose numerosos combates callejeros. La familia imperial y su
corte abandonaron entonces la Ciudad Prohibida y se refugiaron en Xi'an.
Tras la ocupación, las tropas extranjeras se entregaron
al saqueo, la destrucción, los asesinatos sumarios y las violaciones. La propia
Ciudad Prohibida y otras dependencias imperiales fueron saqueadas, llegando a
sacrificarse los animales de los Jardines Imperiales para servir de alimento a
los soldados (lo que significó entre otras cosas, poner en peligro de extinción al ciervo del Padre David en China). La población fue fuertemente reprimida para
evitar que se levantase nuevamente contra los extranjeros a pesar de la
destrucción y robo de sus propiedades. En octubre, las tropas rusas
estacionadas en la región del Amur cruzaron la frontera e invadieron Manchuria, donde también actuaron con violencia contra la
población civil.
Las hostilidades terminaron finalmente el 7
de septiembre de 1901, cuando la dinastía
Qing accedió a firmar el Tratado
de Xinchou o «Protocolo Bóxer», un nuevo tratado
desigual con los gobiernos de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Francia,
Estados Unidos, España, Reino Unido, Italia, Japón, Países Bajos y Rusia.
Consecuencias
El tratado de paz establecía el compromiso del
gobierno chino de ejecutar a 10 oficiales implicados en la revuelta, pagar 333
millones de dólares a los vencedores en concepto de reparaciones de guerra a lo largo de 40
años, conceder aún más ventajas comerciales a los extranjeros y permitir el estacionamiento
de tropas por parte de éstos entre Pekín y el Mar
Amarillo, con el fin de garantizar la seguridad de las
embajadas extranjeras en la capital.
China no perdió nuevos territorios en esta
ocasión debido en gran parte a que los vencedores no terminaron de ponerse de
acuerdo sobre los límites de sus zonas de influencia y/o anexión en el futuro.
En los años siguientes, la alianza se disolvió y cada uno de sus antiguos integrantes
intentó imponer su propio plan para China. Las
disputas entre Rusia y Japón en torno al dominio de Manchuria y Corea llevaron
finalmente a la Guerra Ruso-Japonesa de 1905, en la que
se impusieron los nipones. Con esta victoria, Japón aumentó aún más el
prestigio internacional conseguido en las guerras contra China y afianzó su
posición como potencia hegemónica en el área, en detrimento de Rusia. Con el
fin de contrarrestar el ascenso japonés, Estados
Unidos y Gran Bretaña decidieron más tarde reducir el
castigo impuesto a China, invirtiendo gran parte de las indemnizaciones de
guerra en la concesión de becas a ciudadanos chinos y en la construcción de
universidades, como la de Tsinghua. Los pagos se reducirían o
cancelarían definitivamente a lo largo de la década de
los 30, antes de lo previsto.
Por su parte, la Dinastía
Qing quedó desacreditada una vez más a ojos de los
funcionarios y el pueblo llano, aumentando entre las élites los apoyos al
establecimiento de una república. Cixi trató de frenar esto abandonando la política conservadora que
había defendido hasta entonces y realizando múltiples reformas en sus últimos
años, llegando a prometer que se realizaría el establecimiento de un nuevo
régimen constitucional en 1916. La muerte de la emperatriz en 1908 truncó
estos planes, y finalmente China se convertiría en una república tras la
revolución de 1911.
Como conmemoración de su participación en esta
expedición, los soldados del 9º Cuerpo de Infantería de Estados Unidos fueron
apodados «manchúes» y añadieron la figura de un dragón imperial a
su uniforme.
China y la guerra del Opio
China y la guerra del Opio
La guerra del Opio o Guerra anglo-china ocurrió entre
1839 y 1860 y fue el resultado de los conflictos comerciales entre China y el
Reino Unido. China estaba intentando prohibir el consumo de drogas,
particularmente del destructivo opio que generaba fuertes adicciones entre su
población con las graves consecuencias sociales y económicas mientras que Gran
Bretaña contrabandeaba el opio procedente de la India británica y lo introducía
en China.
Durante el siglo XVI China y Europa comenzaron su
intercambio comercial marítimo. Se establecieron colonias portuguesas en India
y Macao, España adquirió las Filipinas, y el comercio creció aceleradamente.
Desde Manila partían galeones cargados con las riquezas de Oriente.
El emperador Qing intentó limitar el contacto con
Occidente permitiendo que solamente Cantón estuviese abierto al comercio,
imponiendo a los europeos pesados trámites y restricciones para la venta de sus
productos y protegiendo sus propios monopolios de producción de la competencia,
con lo que los precios subieron y la demanda china de productos europeos bajó;
España inició la venta de opio a los chinos, junto con tabaco y maíz para
equilibrar el déficit.
En el Reino Unido, había gran demanda de té, seda y
porcelana chinas, pero los productos británicos no estaban posicionados en
China, por lo que el país tenía un fuerte déficit comercial y los artículos
chinos tenían que pagarse con plata. Para compensar el déficit, siguió el
ejemplo de España, vendiendo a los chinos el opio que se cultivaba en la India
británica. El comercio del opio creció y la plata británica disminuyó en China.
En 1729, el emperador Yongzheng prohibió su comercio, por
la gran cantidad de adictos que generaba. La prohibición generó el conflicto,
pues mientras el emperador chino veía en la droga un peligro para la población,
los británicos veían en el comercio del opio una manera de compensar el
comercio con China, pues la droga les generaba ganancias cercanas al 400 por
ciento. Las guerras que se entablaron por esta razón y los acuerdos y tratados
que les siguieron, llevaron a abrir los puertos chinos al comercio y a colapsar
la economía china.
La droga se cultivaba en China desde el siglo XV, se
mezclaba con tabaco de acuerdo con una receta inventada por los españoles, los
holandeses dominaron el mercado a partir del siglo XVII y el consumo se
generalizó tras el contrabando británico en el XVIII. Tras percatarse de los
problemas de salud vinculados con el opio, en 1829 el gobierno imperial chino
prohibió su consumo; la droga comenzó a circular clandestinamente.
El Emperador Daoguang, alarmado ante el creciente y
desenfrenado consumo de Opio en China, encomendó a Lin Hse Tsu su combate. Lin
Hu Tsu ordenó la destrucción de cerca de veinte mil cajas de opio y envió un
correo a la Reina Victoria pidiendo que respetase las reglas del comercio
internacional, no introduciendo más opio a suelo chino. Por toda respuesta, en
noviembre de 1839, la reina Victoria envío a la flota británica para atacar a
la armada china en Hong Kong, iniciándose la contienda, de la resultaría
derrotada China. En la guerra del Opio estarían implicadas otras naciones, como
Francia, aliada y socia comercial de Gran Bretaña y Alemania.
Tras perder, China se vio obligada a tolerar el comercio
del opio y a firmar tratados unilaterales y humillantes en los que se le
forzaba a abrir sus puertos, en el Tratado de Nankín, China cedió Hong Kong a
Gran Bretaña y amplió el territorio de concedido a los portugueses.
El sentimiento de vergüenza y humillación provocaría
otras rebeliones en China como la Rebelión Taiping en 1850 y que se consideró
una segunda guerra del opio, la Rebelión Boxer en 1899, y finalmente el
levantamiento armado encabezado por Sun Yan-set y el Kuomintang, que traería
como consecuencia el derrocamiento, en 1911, de la Dinastía Qing.
lunes, 22 de mayo de 2017
GUERRA ESPAÑA VS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
GUERRA ESPAÑA VS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
1.
Causas de la guerra
Tras la expansión
e invasión de los Estados Unidos en los antiguos territorios de México durante la
primera mitad del siglo XIX, las
grandes potencias mundiales se disputaban a finales de ese siglo las colonias
por razones de economía. Un país era más poderoso en tanto su influencia y
moneda se hacían sentir en más territorios y colonias.
Por otro lado, las boyantes
economías experimentaron en el último tercio del siglo una crisis de
crecimiento al quedar inundados los mercados internos. Se imponía la necesidad
de abrir nuevas rutas comerciales e incorporar nuevos territorios que
absorbiesen la producción industrial y produjesen materias primas a las nuevas
industrias.
Así, en la Conferencia de Berlín de 1884 las potencias europeas decidieron repartirse sus áreas de expansión en
el continente africano, con el fin de no llegar a la guerra entre ellas. Otros
acuerdos similares delimitaron zonas de influencia en Asia y especialmente en China, donde se llegó a diseñar un
plan para desmembrar el país, que no pudo llevarse a cabo al desatarse la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, los acuerdos no
acabaron por eliminar completamente las fricciones entre las potencias. A
finales del siglo XIX, se sucedieron las disputas por determinados puertos y
fronteras cuya delimitación no estaba clara, sobre todo en África. Ejemplos de esto son el incidente de Fachoda entre franceses y británicos[1],
las disputas germano-portuguesas por el puerto mozambiqueño de Kionga, el ultimátum
lanzado por los ingleses contra la expansión portuguesa en Zambia y la polémica desatada entre franceses, británicos, alemanes y
españoles por el dominio de Marruecos.
Los Estados Unidos, que no
participaron en el reparto de África ni de Asia, fijaron su área de expansión
inicial en la región del Caribe y, en menor medida, en el Pacífico, donde su influencia ya se había dejado sentir en Hawái y Japón. Tanto en una zona como en otra se encontraban valiosas colonias
españolas (Cuba y Puerto Rico en el
Caribe, Filipinas, las
Carolinas y las
Marianas en el Pacífico) que
resultarían una presa fácil debido a la fuerte crisis política que sacudía su
metrópoli desde el final del reinado de Isabel II. En el caso de Cuba, su fuerte valor económico, agrícola y estratégico
ya había provocado numerosas ofertas de compra de la isla por parte de varios
presidentes estadounidenses (John
Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses Grant), que el gobierno español siempre rechazó. Cuba no sólo era una
cuestión de prestigio para España, sino que se trataba de uno de sus
territorios más ricos y el tráfico comercial de su capital, La Habana, era comparable al que registraba en la misma época Barcelona.
A esto se añade el nacimiento
del sentimiento nacional en Cuba influido por las revoluciones
francesa y estadounidense, el nacimiento de una burguesía local y las limitaciones políticas y
comerciales impuestas por España que no permitía el libre intercambio de productos, fundamentalmente azúcar de caña, con los EE. UU. y otras potencias. Los beneficios de la burguesía
industrial y comercial de Cuba se veían seriamente afectados por la legislación
española. Las presiones de la burguesía textil catalana habían llevado a la
promulgación de la Ley de
Relaciones Comerciales con las Antillas (1882) y el Arancel Cánovas (1891),[[2]] que garantizaban el monopolio
del textil barcelonés gravando los productos extranjeros con aranceles de entre
el 40 y 46%, y obligando a absorber los excedentes de producción.[[3]] []La extensión de estos privilegios en el
mercado cubano asentó la industrialización en Cataluña durante la crisis del
sector en la década de 1880, soslayando sus problemas de competitividad,[[4]] a costa de los intereses de la
industria cubana, lo que fue un estímulo esencial de la revuelta.[5][
]
La primera sublevación
desembocaría en la Guerra de los Diez Años (1868 - 1878) bajo la dirección de Carlos Manuel de Céspedes, un hacendado del oriente de Cuba. La guerra culminó con la firma de la
Paz de Zanjón, que no sería más que una tregua. Si bien este pacto hacía algunas
concesiones en materia de autonomía política y pese a que en 1880 se logró la abolición de la esclavitud en Cuba, la situación no
contentaba completamente a los cubanos debido a su limitado alcance. Por ello
los rebeldes volvieron a sublevarse de 1879 a 1880 en la llamada Guerra
Chiquita.
Por otra parte, José Martí, escritor, pensador y líder independentista cubano, fue desterrado a España en 1871 a causa de sus actividades
políticas. Martí en un principio tiene una posición pacifista, pero con el
pasar de los años su posición se radicaliza. Es por esto que convoca a los
cubanos a la guerra necesaria por la independencia de Cuba. Con tal fin
crea el Partido Revolucionario Cubano bajo el cual se organiza la Guerra del
95.
La escalada de recelos entre
los gobiernos de EE. UU. y España fue en aumento, mientras en la prensa de
ambos países se daban fuertes campañas de desprestigio contra el adversario. En
América se insistía una y otra vez en la valentía de los héroes cubanos, a los
que se mostraba como unos libertadores luchando por liberarse del yugo de un
gobierno y un país que era descrito como tiránico, corrupto, analfabeto y
caótico. Por su parte, los españoles, que no tenían ninguna duda de la
intención de EE UU. Por anexionarse la isla, dibujaban a unos hacendados
avariciosos y arrogantes, sostenidos por una nación de ladrones
indisciplinados, sin historia ni tradición militar, a los que España debería
dar una lección.
Cada vez parecía más inminente
el desencadenamiento del conflicto entre dos potencias que otros países
consideraban de segunda: una impetuosa, joven y todavía en desarrollo,
que buscaba hacerse un hueco en la política mundial a través de su economía
creciente, y otra vieja, que intentaba mantener la influencia que le quedaba de
sus antiguos años de gloria. Los líderes estadounidenses vieron en la disminuida
protección de las colonias, producto de la crisis económica y financiera
española, la ocasión propicia de presentarse ante el mundo como la nueva
América, la nueva potencia mundial, con una acción espectacular. De hecho esta
guerra fue el punto de inflexión en el gran ascenso de la nación estadounidense
como poder mundial, pero para su antagonista significó la acentuación de una
crisis que no se resolvería hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando España
finalmente logra recomponerse.
2.
Prolegómenos de la guerra
El de Cuba no era el primer conflicto internacional desatado por el control de las
colonias españolas. En 1885, el Imperio
alemán intentó extender su dominio
sobre el noreste de Papúa a las Islas
Carolinas, donde se preveía establecer
un protectorado debido a su valor estratégico. La intentona fue duramente
combatida por España, que estaba presente en el archipiélago desde 1521 y había reclamado su soberanía por primera vez en 1667; no obstante, los alemanes (al igual que en otras ocasiones habían
hecho los británicos) argüían que España las había abandonado al eliminar la
presencia militar en 1787, si bien la actividad
misionera y comercial se había reanudado posteriormente y mantenido durante
todo el siglo XIX. La mediación del Papa León XIII terminó, al
igual que en otras ocasiones, con el reconocimiento de la soberanía española,
aunque se permitió a los alemanes establecer una estación naval y un depósito
de carbón en una de las Carolinas.
En Cuba la situación militar española era complicada. Los mambises, dirigidos por Antonio
Maceo y Máximo
Gómez, controlaban el campo cubano
quedando sólo bajo control colonial las zonas fortificadas y las principales
poblaciones. El Capitán
General español Weyler, designado para la isla, decidió recurrir a la política de Reconcentración, consistente en concentrar a los campesinos en reservas vigiladas.
Con esta política pretendía aislar a los rebeldes y dejarlos sin suministros.
Estas reservas vigiladas provocaron que empeorara la situación económica del
país, que cesó de producir alimentos y bienes agrícolas.[[6]] Se supone que alrededor de
200.000 cubanos murieron a causa de ellas.[[7]] Esta situación hizo que se
radicalizara aún más el proceso independentista y la exacerbación del dio hacia
el dominio colonial. En La abana, se
sucedían manifestaciones y enfrentamientos entre los sectores independentistas
y españolistas. Por otra parte, muchos cubanos influyentes reclamaban
insistentemente en Washington la
intervención estadounidense. El gobierno de los Estados Unidos, viendo la
posibilidad de que el ejército independentista en Cuba lograra derrocar
finalmente al español, y con ello perder la posibilidad de controlar la isla,
se decide a intervenir.[]
3.
El
hundimiento del Maine
El acorazado
Maine entrando en la bahía de La Habana. Con la excusa de asegurar los intereses de los residentes
estadounidenses en la isla, el gobierno estadounidense envió a La Habana el
acorazado de segunda clase Maine. El viaje era más bien una maniobra intimidatoria y de provocación
hacia España, que se mantenía firme en el rechazo de la propuesta de compra
realizada por los Estados Unidos sobre Cuba y Puerto Rico. El 25 de
enero de 1898, el Maine
hacía su entrada en La Habana sin haber avisado previamente de su llegada, lo
que era contrario a las prácticas diplomáticas tanto de la época como actuales.
En correspondencia a este hecho, el gobierno español envió al crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.
A pesar de lo inoportuno de la
visita, la población habanera permanecía tranquila y expectante y parecía que
el capitán general, Ramón Blanco, controlaba perfectamente la situación. Por otra parte, a pesar de que
el Maine tuvo un gélido recibimiento por parte de las autoridades
españolas, Ramón Blanco y el capitán del navío, Charles Sigsbee, simpatizaron
desde el primer momento y se hicieron amigos.[
]
Sin embargo, a las 21:40 del 15 de
febrero de 1898, una explosión
ilumina el puerto de La Habana. El Maine había saltado por los aires. De
los 355 tripulantes, murieron 254 hombres y 2 oficiales. El resto de la
oficialidad disfrutaba, a esas horas, de un baile dado en su honor por las
autoridades españolas.
Sin esperar el resultado de
una investigación, la prensa sensacionalista de William Randolph Hearst publicaba al día siguiente el siguiente titular: «El barco de guerra
Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo».
A fin de determinar las causas
del hundimiento se crearon dos comisiones de investigación, una española y otra
estadounidense, puesto que estos últimos se negaron a una comisión conjunta.[19] Los estadounidenses
sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y
externa. La conclusión española fue que la explosión era debida a causas
internas. Los españoles argumentaron que no podía ser una mina como pretendían
los estadounidenses, pues no se vio ninguna columna de agua y, además, si la
causa de la explosión hubiera sido una mina, no tendrían que haber estallado los
pañoles de munición. En el mismo sentido, hicieron notar que tampoco había
peces muertos en el puerto, lo que sería normal en una explosión externa.
Tradicionalmente ha sido una
opinión muy extendida entre los historiadores españoles el creer que la
explosión fue provocada por los propios estadounidenses para utilizarla como
excusa para su entrada en la guerra. Algunos estudios actuales apuntan a una explosión
accidental de la santabárbara, motivada por el calentamiento de los mamparos que la separaban de la carbonera contigua, que en esos momentos estaba
ardiendo.
Otros estudios recientes han
señalado que, dados los desperfectos causados por la explosión, si la misma
hubiera sido provocada por algún artefacto externo, ésta habría hecho al barco
saltar (literalmente) del agua. Algunos de los documentos desclasificados por
el gobierno de EE.UU. sobre la Operación Mangosta (proyecto para la invasión de Cuba posterior al fracaso de Bahía de Cochinos) avalan la polémica hipótesis de que la explosión fue causada en
realidad por el propio gobierno de EE.UU. con el objeto de tener un pretexto
para declarar la guerra a España.
España negó desde el principio
que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña
mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst, hoy día el Grupo Hearst, uno de los principales imperios mediáticos del mundo, convencieron a
la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España.
EE.UU. acusó a España del
hundimiento y declaró un ultimátum en el que se le exigía la retirada de Cuba,
además de empezar a movilizar voluntarios antes de recibir respuesta. Por su
parte, el gobierno español rechazó cualquier vinculación con el hundimiento del
Maine y se negó a plegarse al ultimátum estadounidense, declarándole la
guerra en caso de invasión de sus territorios, aunque, sin ningún aviso, Cuba
ya estaba bloqueada por la flota estadounidense. En cuanto al hundimiento del Maine,
varios estudios posteriores han llegado a la conclusión de que lo más probable
es que la explosión fuese provocada desde dentro del buque, debido a una
ignición de la santabárbara[] , común en
los buques estadounidenses de la época.
Comenzaba así la Guerra
Hispano-Estadounidense, que con posterioridad se extendería a otras colonias
españolas como Puerto Rico, Filipinas y Guam.
4.
Desarrollo del conflicto
Teatro de operaciones en el Pacífico
Con anterioridad a los hechos
del Maine, Estados Unidos ya había ordenado a su flota del Pacífico que se
dirigiera a Hong Kong e hiciera
allí ejercicios de tiro hasta que recibiera la orden de dirigirse a las Filipinas y a la Isla de Guam.
[]
Tres meses antes también se
había decretado bloqueo naval a la isla de Cuba sin que mediara declaración de
guerra alguna, y cuando finalmente se declaró esta, se hizo con efectos
retroactivos al comienzo del bloqueo.[]
Las tropas de Estados Unidos
rápidamente arribaron a Cuba y cuando estaban siendo derrotadas en la batalla
terrestre, la Armada de los Estados Unidos destruyó dos flotas españolas, una en la Batalla de
Cavite, en Filipinas, y otra en la batalla naval de Santiago de
Cuba cuando la flota española
intentaba sin casi esperanza escapar a mar abierto. El gobierno español pidió
en julio negociar la paz.
Santiago
de Cuba se rindió el 16 de
julio. Algunas cifras estiman los
fallecidos en la campaña, que culminó con la toma de Santiago, en alrededor de 600 por la parte española, 250 por la estadounidense y
100 por la cubana. A pesar de que la guerra fue ganada principalmente por el
apoyo de los mambises, el general
Shafter impidió la entrada victoriosa de los cubanos en Santiago de Cuba, bajo
el pretexto de «posibles represalias».[
]
El 25 de julio, el General Nelson A.
Miles, con 3.300 soldados,
desembarcó en Guánica comenzando
la ofensiva
terrestre en Puerto Rico. Las tropas de EE.UU.
encontraron resistencia a comienzos de la invasión. La primera escaramuza entre
los estadounidenses y las tropas españolas y puertorriqueñas tuvo lugar en
Guánica, y la primera resistencia armada se produjo en Yauco, en lo que se
conoce como el Combate de Yauco. Este encuentro fue seguido por los combates de
Fajardo, Guayama, Coamo y por el Combate del Asomante.
5.
Consecuencias
Crucero español Reina Mercedes, hundido
en la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. El embajador de Francia en
Estados Unidos firmando el Tratado de París.
Mediante los acuerdos de París del 10
de diciembre de 1898, se concuerda la futura independencia de Cuba, que se concretará en 1902,
y España cede Filipinas, Puerto
Rico y Guam. Las restantes posesiones españolas en Oceanía (Islas
Marianas, Carolinas y Palaos), incapaces de ser defendidas debido a su lejanía y la destrucción de
buena parte de la flota española, fueron vendidas a Alemania en 1899 por 25 millones de pesetas, por el tratado germano-español.
Art. 1°. España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En
atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España, va a ser ocupada por
los Estados Unidos, éstos, mientras dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán
las obligaciones que, por el hecho de ocuparla, les impuso el derecho
internacional (...)
Art 2°. España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que
están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en
el archipiélago de las Marianas o Ladrones.
Art. 3°. España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las islas
Filipinas (...).
Art 5°. Los Estados
Unidos, (...) transportarán a España, a su costa, a los soldados españoles que
hicieron prisioneros de guerra las fuerzas estadounidenses al ser capturada
Manila.
Tratado de París
del 10-12-1898
Al terminar la guerra surgió una polémica interna en los Estados Unidos al
respecto del destino de las colonias recientemente adquiridas. Hubo quien sostuvo
el argumento de preparar a las naciones subdesarrolladas para la democracia y quienes defendían el principio de autodeterminación nacional que figura
en la Declaración de Independencia estadounidense. En Filipinas, los
insurgentes que habían peleado contra el colonialismo español pronto empezaron
a luchar contra las tropas de Estados Unidos. Muchos intelectuales, como el
filósofo William
James y el presidente de la Universidad Harvard, Charles Eliot, denunciaron estas acciones como traición de los valores
estadounidenses.
Pese a las críticas de los antiimperialistas, Estados Unidos comenzó a
gravitar cada vez con más fuerza en toda el área del Caribe. El Presidente Theodore Roosevelt propuso construir un canal en Centroamérica, y en 1903 ofreció al gobierno colombiano comprar una franja de tierra de lo que hoy
es Panamá.
Al mismo tiempo que Colombia rechazaba la oferta de Roosevelt, se desató una rebelión en el área
designada para la ubicación del canal. Roosevelt apoyó la revuelta y
rápidamente reconoció la emancipación de Panamá frente a Colombia. Unos días
después, el francés Philippe-Jean Bunau-Varilla, quien viajó a Washington como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario
de la naciente República de Panamá, vendió a Estados Unidos la zona del canal.
En 1914, el Canal
de Panamá se abrió al tráfico marítimo.
Las tropas estadounidenses abandonaron Cuba en 1902, pero se exigió a la nueva república que otorgara bases navales a Estados
Unidos. Asimismo se prohibió a Cuba suscribir tratados que pudieran atraerla a
la órbita de otra potencia extranjera. También se garantizó la capacidad de
intervención de Estados Unidos en el nuevo estado a través de la Enmienda Platt, aprobada el 28 de mayo de 1901 vigente hasta 1934. A Filipinas se le concedió un autogobierno limitado en 1907 e independencia absoluta en 1946. En 1952 el Congreso de los Estados Unidos aprueba para el territorio no incorporado de Puerto Rico un gobierno propio limitado.
[1]
El Incidente de Fachoda o Crisis de Fachoda es el nombre con
el que se conocen los episodios que tuvieron lugar en 1898 cuando Francia y Reino Unido deciden construir sendas líneas
de comunicaciones destinadas a conectar sus respectivas colonias africanas de
manera ininterrumpida.
[3] MUÑOZ Juan, ALONSO Hierro Juan A., FERNÁNDEZ Juan Martín. “Involución y autarquía: la economía española
entre 1890 y 1914’’. Editorial Complutense, 2002, Pág. 22
[4] La exportación de la industria algodonera catalana en el primer tercio
del siglo XX. La importancia de las redes comerciales]. Prat, M. X Simposio de
Historia Económica, Universidad de Santiago de Compostela, 2005
[5]
Izard, M. (1974): “Comercio libre, guerras coloniales y mercado
americano”, en J. Nadal y G. Tortella (eds.), Agricultura, comercio colonial y
crecimiento económico en la España Contemporánea, Barcelona 1974, Ariel, pp.
295-321.
[6]
La Habana. Cuba: Biblioteca Nacional José Martí (9 de septiembre del
2005). Consultado el 23 de septiembre de 2007.
[7]
CASTRO Medel, Osviel (2007). «La
reconcentración, un infierno (III y final): Mártires de la independencia». Granma,
Cuba: CNCTV. Consultado el 23 de septiembre de 2007.
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