LEVANTAMIENTO DE LOS BÓXERS
Guerras y tratados desiguales
En 1840 estalló la Primera Guerra del Opio entre
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y China. Ésta y la Segunda Guerra del Opio fueron
libradas debido a las disputas sobre el comercio del opio en China,
en tanto la corte imperial de Pekín trataba de prohibir dicho tráfico. Los
comerciantes británicos no pensaban renunciar al negocio de esta droga, que era
cultivada en grandes extensiones en la India y exportada más tarde a todo el sureste asiático contando con la complicidad
de funcionarios chinos corruptos. Tras la fácil derrota del mal equipado
ejército chino, Gran Bretaña obligó al gobierno imperial a cederle la isla de Hong Kong a perpetuidad (a la que más tarde se agregaron la península e islas
adyacentes), permitir las importaciones de opio y abrir una serie de puertos al
comercio extranjero; todas estas condiciones eran manifiestamente agraviadoras
para China y para la política de restricciones a los extranjeros que había
seguido la Dinastía Qing.
En esa misma época, los franceses, rusos y japoneses comenzaron a aumentar su influencia
sobre China. Debido a su inferioridad económica y militar, la dinastía
Qing fue obligada a firmar numerosos acuerdos que
serían conocidos como los «Tratados Desiguales». Dentro de éstos se incluyen el
Tratado de Nankín (1842), el Tratado de
Aigun (1858), el Tratado de Tianjin (1858), la Convención de Pekín (1860), el Tratado de Shimonoseki (1895) y la segunda Convención de Pekín (1898).
En el año 1895 China fue severamente derrotada
en una guerra contra Japón. El
enfrentamiento, particularmente violento, se saldó con la pérdida de las islas
Pescadores y Formosa, además del pago de fuertes indemnizaciones y concesiones comerciales a
los vencedores. Todo esto se tradujo en una importante crisis económica en todo
el país, así como en una humillación nacional ante una nación vecina que se
había occidentalizado velozmente.
Los bóxers empezaron a incrementar su actividad
en Shandong en marzo de 1898. El detonante de la rebelión ocurrió en una
pequeña aldea de la provincia, donde unos misioneros demandaban la entrega de
un templo local que según ellos era una antigua iglesia católica confiscada por el emperador Kangxi (1661-1722), en fuerte
oposición a los lugareños. Las autoridades locales mediaron en el conflicto,
fallando a favor de los misioneros y entregándoles el control del edificio.
Como respuesta, los campesinos se sublevaron y atacaron la reconstituida
iglesia bajo el mando de los bóxers.
La extensión de la rebelión coincidió con la
llamada Reforma de los Cien Días (del 11 de
junio al 21 de
septiembre de 1898), impulsada por el emperador Guangxu con el fin de modernizar la administración, cosa a la que se oponía
fuertemente su tía, la emperatriz Cixi que temía
perder su poder omnímodo en la corte debido a estas innovaciones. Tras una primera
derrota de los bóxers a manos del ejército chino en el mes de octubre, los rebeldes proclamaron su obediencia fiel a la autoridad imperial o,
con mayor exactitud, su lealtad a la emperatriz Cixi, quien decidió usarlos
como instrumento para destruir toda influencia extranjera en China y asegurar
su propio poder político frente a los funcionarios con ideas reformadoras. Así,
el gobierno chino, fuertemente controlado por la emperatriz, dictó varias leyes
en favor de los bóxers a partir de enero de 1900, mientras
que éstos concentraron sus ataques contra los misioneros y conversos al cristianismo. Las crecientes protestas de los gobiernos occidentales fueron
desoídas.
En junio de ese año,
los bóxers (a los que se habían sumado soldados imperiales) atacaron
destacamentos de occidentales en Tianjin y Pekín. Las embajadas extranjeras en la capital, a
las que habían huido sus ciudadanos residentes en Pekín, se convirtieron pronto
en objetivo de los bóxers, aunque la mayoría de las delegaciones, agrupadas en
su propio barrio (Barrio de las Delegaciones de Pekín), se encontraban bien protegidas por sus propias murallas y la cercanía
a la Ciudad Prohibida, donde, paradójicamente,
habían sido construidas por orden del emperador con el fin de tenerlas bajo
vigilancia permanente. Las delegaciones de Reino Unido, Francia, los Países
Bajos, Estados
Unidos, Italia, Imperio
ruso y el Japón de hecho compartían el mismo
complejo defensivo, y a sólo unas calles de distancia se encontraban las de Bélgica y España, desde donde llegaron sus
representantes para ponerse a salvo.
No pudo hacer lo mismo la delegación del Imperio
alemán, de constitución más reciente y por
ello situada en el otro extremo de la ciudad. El día
20 fue asaltada finalmente por los
bóxers, quienes capturaron y ejecutaron al embajador alemán, barón Klemens von Ketteler. A resultas de ello, las potencias extranjeras
declararon la guerra a China, siendo que la emperatriz Cixi respondió
proclamando las hostilidades contra ellas. Hasta la llegada de las fuerzas
militares enviadas en su ayuda, el propio personal diplomático debió defenderse
del asedio de los bóxers solamente con armas ligeras y un viejo cañón al que se apodó como el «Cañón Internacional»[1] debido a que su caña era británica, la cureña italiana,
los proyectiles rusos y los artilleros a cargo de su manejo estadounidenses.
Dirigieron la defensa el ministro británico para China, Claude
Maxwell MacDonald, y el
coronel japonés Shiba Gorō.
El enfrentamiento fue ampliamente seguido por la prensa
internacional, que describió toda clase de ataques violentos y atrocidades
varias cometidos contra los extranjeros residentes en China, muchas de ellas
enormemente exageradas. Esto provocó un amplio sentimiento antichino en América del Norte, Europa y el
Japón. No obstante, los principales afectados fueron los cristianos chinos (de
los que la prensa europea mayormente no se ocupó), que siendo mucho más
numerosos y sin poder huir a ninguna parte fueron objeto de violaciones, torturas y asesinatos.
A pesar de sus esfuerzos, los bóxers no lograron superar
las defensas del recinto. En agosto, el asedio de las embajadas era levantado por las tropas
enviadas por la llamada Alianza de las ocho naciones suscrita por los gobiernos de: Alemania, Austria-Hungría, Estados
Unidos, Francia, Reino de Italia, Japón, Reino
Unido y el Imperio
ruso.
El ejército de rescate de los aliados se componía de unos
54 000 hombres a las órdenes del general británico Alfred Gaselee, de los cuales unos 5000 eran chinos contrarios a los
bóxers, 20 840 japoneses, 13.150 rusos, 12 020 británicos, 3520
franceses, 3420 estadounidenses, 900 alemanes, 80 italianos y 75
austro-húngaros. En julio desembarcaron cerca de Tianjin y pusieron sitio a la
ciudad, que cayó el día 14.
También capturaron los fuertes
de Taku, situados en el estuario del río Hai
He, y cuatro destructores chinos, labor en la que se destacó el barón Roger Keyes.
Tras asegurar la zona, el ejército de Gaselee partió
hacia Pekín (a 120 km de distancia) el 4
de agosto. La marcha fue sorprendentemente fácil
a pesar de que en el recorrido se encontraban estacionados unos 70 000
soldados imperiales y un número aproximado de rebeldes armados, que prefirieron
evitar los enfrentamientos directos. Sólo se produjo un combate de cierta
importancia en Yangcun, a unos 30 km de Tianjin.
No obstante, el avance de las tropas extranjeras tuvo que
ralentizarse debido al mal tiempo, extremadamente húmedo y con temperaturas de
hasta 43 °C. El ejército entró finalmente en Pekín el 14
de agosto, donde levantó el asedio a las
embajadas y posteriormente procedió a desplegarse por la ciudad con el fin de
ocuparla, registrándose numerosos combates callejeros. La familia imperial y su
corte abandonaron entonces la Ciudad Prohibida y se refugiaron en Xi'an.
Tras la ocupación, las tropas extranjeras se entregaron
al saqueo, la destrucción, los asesinatos sumarios y las violaciones. La propia
Ciudad Prohibida y otras dependencias imperiales fueron saqueadas, llegando a
sacrificarse los animales de los Jardines Imperiales para servir de alimento a
los soldados (lo que significó entre otras cosas, poner en peligro de extinción al ciervo del Padre David en China). La población fue fuertemente reprimida para
evitar que se levantase nuevamente contra los extranjeros a pesar de la
destrucción y robo de sus propiedades. En octubre, las tropas rusas
estacionadas en la región del Amur cruzaron la frontera e invadieron Manchuria, donde también actuaron con violencia contra la
población civil.
Las hostilidades terminaron finalmente el 7
de septiembre de 1901, cuando la dinastía
Qing accedió a firmar el Tratado
de Xinchou o «Protocolo Bóxer», un nuevo tratado
desigual con los gobiernos de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Francia,
Estados Unidos, España, Reino Unido, Italia, Japón, Países Bajos y Rusia.
Consecuencias
El tratado de paz establecía el compromiso del
gobierno chino de ejecutar a 10 oficiales implicados en la revuelta, pagar 333
millones de dólares a los vencedores en concepto de reparaciones de guerra a lo largo de 40
años, conceder aún más ventajas comerciales a los extranjeros y permitir el estacionamiento
de tropas por parte de éstos entre Pekín y el Mar
Amarillo, con el fin de garantizar la seguridad de las
embajadas extranjeras en la capital.
China no perdió nuevos territorios en esta
ocasión debido en gran parte a que los vencedores no terminaron de ponerse de
acuerdo sobre los límites de sus zonas de influencia y/o anexión en el futuro.
En los años siguientes, la alianza se disolvió y cada uno de sus antiguos integrantes
intentó imponer su propio plan para China. Las
disputas entre Rusia y Japón en torno al dominio de Manchuria y Corea llevaron
finalmente a la Guerra Ruso-Japonesa de 1905, en la que
se impusieron los nipones. Con esta victoria, Japón aumentó aún más el
prestigio internacional conseguido en las guerras contra China y afianzó su
posición como potencia hegemónica en el área, en detrimento de Rusia. Con el
fin de contrarrestar el ascenso japonés, Estados
Unidos y Gran Bretaña decidieron más tarde reducir el
castigo impuesto a China, invirtiendo gran parte de las indemnizaciones de
guerra en la concesión de becas a ciudadanos chinos y en la construcción de
universidades, como la de Tsinghua. Los pagos se reducirían o
cancelarían definitivamente a lo largo de la década de
los 30, antes de lo previsto.
Por su parte, la Dinastía
Qing quedó desacreditada una vez más a ojos de los
funcionarios y el pueblo llano, aumentando entre las élites los apoyos al
establecimiento de una república. Cixi trató de frenar esto abandonando la política conservadora que
había defendido hasta entonces y realizando múltiples reformas en sus últimos
años, llegando a prometer que se realizaría el establecimiento de un nuevo
régimen constitucional en 1916. La muerte de la emperatriz en 1908 truncó
estos planes, y finalmente China se convertiría en una república tras la
revolución de 1911.
Como conmemoración de su participación en esta
expedición, los soldados del 9º Cuerpo de Infantería de Estados Unidos fueron
apodados «manchúes» y añadieron la figura de un dragón imperial a
su uniforme.
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